Los tranvías de Granada

Paseando por los aledaños del jardín botánico  de la Facultad de Derecho encontramos serpenteando entre los antiguos adoquines los antiguos raíles de una de las líneas de tranvía que Granada tuvo en principios del siglo XX.

El cabildo de la ciudad tuvo el detalle y la sensibilidad de dejar estos carriles de hierro como recuerdo y homenaje aún tiempo donde los tranvías cambiaron la forma de entender el transporte en la ciudad de Granada.

Los granadinos  de cierta edad recuerdan aún con nostalgia el tiempo de los tranvías con su entrañable traqueteo y la fuerte inercia que los viajeros sentían cuando el vehículo tomaba una curva especialmente acusada. Yo que tuve la oportunidad siendo niño de montarme en alguno de ellos recuerdo también la incomodidad de los asientos, a veces de madera, muy diferentes de los ergonómicos que hoy día se encuentran en tantos otros vehículos de uso público.

Contemplar estos raíles, tan estrechos entre ellos, nos retrotrae a aquel tiempo ya lejano en  el que los tranvías irrumpieron en  la ciudad como una avasalladora novedad de la tecnología del transporte. Era una ciudad donde la gente se trasladaba mayormente a pie, o en caso de estar más sueltos económicamente en carruajes  tirados por caballos, en aquel  entonces llamados “coches de punto” (todavía queda  e  Granada calles que nos recuerdan con su nombre –“carruages” o “caballerizas”-  aquellos tiempos).

Hoy día nos provoca una sonrisa recordar el espanto que causaron inicialmente aquellos nuevos vehículos que circulaban a la “pasmosa” velocidad de 15 o 20 km por hora y que causaban el pánico a los más pusilánimes de los viandantes. No estaba muy lejano aún el tiempo en el que algunos médicos desaconsejaban usar los trenes pues el intenso traqueteo -decían- podía  causar esterilidad en los hombres o disfunciones hormonales en las mujeres.

El hecho es que la presencia de estos vehículos que irrumpían repentinamente en la vía -a pesar del anuncio de su presencia por parte de los raíles- provocó al principio frecuentes accidentes entre los tranvías y los coches tirados por caballos, cuando no el atropello de algún peatón despistado (este fue el caso del genial arquitecto Antonio Gaudí que murió atropellado por un tranvía en Barcelona).

La compañía que estableció en Granada los tranvías tomó el nombre de TEGSA (Tranvías Eléctricos de Granada Sociedad  Anónima) y se puso en marcha el 7 julio de 1904, funcionando con sus pertinentes  cambios prácticos basta el año 1969, año en el que dejó de circular la última línea urbana.

Inicialmente se inauguraron tres líneas, barrio de San Lázaro con Puerta Real, Paseo la Bomba con Puerta real y Plaza Nueva con Puerta Real. Posteriormente se pusieron en funcionamiento otras dos líneas que transportaban viajeros con destino final a la Azucarera de Santa Juliana y a la Fábrica de Gas.

Los precios eran relativamente económicos y variaban entre los 5 y 15  céntimos de pesetas según el recorrido elegido, si bien había una tarifa mas económica específica para obreros de 10 céntimos.

En el caso de Granada, la orografía de la ciudad condicionó fuertemente algunos tramos, especialmente en el caso de la línea que subía por el bosque de la Alhambra, y que debido a la fuerte pendientes del 13% de la Cuesta del Caidero tuvo que aplicarse un sistema de raíles llamado “de cremallera” que permitieran al tranvía trepar  la colina de la Alhambra. Este sistema de raíl de cremallera se llamaba “Riggenbach” y fue éste el único caso en el que hubo de usarse España. El sistema “Riggenbach” de funcionamiento se basaba en el acople mecánico con la vía por medio de un tercer riel dentado o «cremallera». Los granadinos llegaron a conocer esta calle como “la cuesta de la cremallera” por su peculiar aspecto.

Llegó a ser muy popular en Granada el añorado tranvía de Sierra Nevada, iniciativa del gran mecenas de la ciudad Don Julio de Quesada y Cañaveral, Duque de San Pedro Galatino. El recorrido de este legendario tranvía, que atravesaba puentes sobre barrancos, bordeaba desfiladeros y ofrecía a sus pasajeros la vista de riscos helados, era verdaderamente épico y aún lo recuerdan granadinos de edad provecta.

A principios de siglo el analfabetismo en Granada era muy importante por lo que a la hora de identificar un tranvía una gran parte de la población tenía serios problemas para saber cual debía tomar. El problema se solucionó recurriendo a tablillas de colores -y por la noche faroles- por medio de las cuales los usuarios podían saber cuál era el tranvía que debían coger. Las vías que, por ejemplo, conectaban Plaza Nueva y Alhóndiga -quizás estas que contemplamos- tenía una tablilla roja con una luz roja.

Una curiosidad relacionada con el servicio fue la instalación de buzones de correos en los propios tranvías que facilitaba y aligeraban sobremanera la llegada de las cartas a su destino.

Para acabar nos gustaría recordar una anécdota relacionada con los tranvías de Granada, en particular con la línea que atravesando la calle de la Colcha conectaba el centro de la ciudad con la colina de la Alhambra.

Era costumbre para Don Manuel de Falla, el insigne músico gaditano que vivió casi 20 años en Granada, usar este tranvía para llegar a su hogar en Granada, el Carmen del Ave María en la calle Antequeruela baja.

Se cuenta que era tal el prestigio del maestro y el respeto que la figura del compositor inspiraba en los granadinos que cuando el tranvía  atravesaba la calle de la Colcha el conductor del tranvía lo paraba expresamente allí, se apeaba y entraba en una desaparecida librería donde Don Manuel esperaba tranquilamente tomando un café. El tranviario se quitaba la gorra ante el maestro y le decía con respeto: “Don Manuel, ya está aquí su tranvía“.

Una anécdota así sería hoy día imposible, pero nos habla de un tiempo en el que el prestigio, la sencillez y calidad humana de un compositor como Falla podía alterar el normal, funcionamiento -aunque fuera por unos minutos- de la red de tranvías de Granada.