LOS CAÑONES DE LA ALHAMBRA

¿Cañones en la Alhambra?

Cuando el granadino curioso o el visitante foráneo pasea frente al Palacio de Carlos V en el recinto alhambreño puede encontrarse con una batería de cinco imponentes cañones que apuntan amenazadores desde el pretil hacia las proximidades del hotel Alhambra Palace; no es raro que el curioso asuma que son armas que pertenecieron a la artillería de la fortaleza, pero en realidad su origen es bastante distinto como veremos.

En 1562 el monarca Felipe II decidió enviar una flota de 28 galeras con 7000 tripulantes desde Málaga hasta la ciudad de Oran para aprovisionar las guarniciones de soldados allí situadas, un enclave esencial para asegurar las posesiones en el Mediterráneo del imperio español, intimidar la expansión del poder otomano y controlar un mar infestado de piratas berberiscos. Pero en su trayecto desde el puerto de Málaga hasta la costa norteafricana un temporal hace que la flota deba refugiarse en la bahía de la Herradura; la tormenta se recrudece de tal manera que 25 de las 28 galeras naufragan y se hunden con ellas los víveres, armas, tesoros y hasta 5000 tripulantes se ahogan, sobrevivirán unas 2000 personas, muchos de ellos galeotes, algunos de los cuales conseguirán escapar de la justicia. Será una de las más grandes tragedias marítimas de la historia de la navegación española y aparecerá brevemente mencionada en el Quijote.

Una gran cantidad de cañones se hundieron también, los que hoy día vemos en la Alhambra frente al Palacio de Carlos V son algunas de estas piezas de artillería que fueron rescatadas posteriormente.

La visión de estos cañones nos recuerda el tiempo de los combates navales del siglo XVI, por cierto que fue España el primer país europeo que uso cañones en combates navales, para sorpresa y espanto de sus adversarios. Estos cañones recibieron distintos nombres, los más grandes solían llamarse lombardas o bombardas, los mas pequeños y estilizados recibían entre otros nombres el de culebrinas. Ambos tipos se sostenían sobre estructuras con ruedas llamadas cureñas que facilitaban el trabajo de los artilleros a la hora de moverlas.

Los cañones que vemos son de artillería naval y solían colocarse, no en cubierta sino en el interior de la nave, asomando su boca por las troneras, que curiosamente solían estar pintadas de rojo para disimular el color de la sangre de un posible impacto de los cañones enemigos sobre los artilleros, negando así una ventaja psicológica al adversario.

La lombarda mas grande que vemos necesitaba de un equipo de 15 artilleros para hacerla funcionar; la más pequeña necesitaba solamente de 5 artilleros. Este tipo de cañón se cargaba por la boca y era adecuada por ello para estar bajo cubierta ya que el humo era íntegramente expulsado del barco, sin embargo aquellos cañones de caja, en los que la bala se ponía por la culata liberaban gran cantidad de humo y debían estar necesariamente en cubierta para evitar la asfixia de los marineros. El almirante procuraba que el viento estuviera a su favor, es decir a barlovento, para que el humo no fuera molesto para sus artilleros y sí para el enemigo.

Los proyectiles eran básicamente de tres tipos, bolas de hierro para dañar al barco en si, bolas de piedra –bolaños- que al fragmentarse en el impacto dañaban a los marineros como si de metralla se tratase, y el ejercer era un curioso proyectil compuesto de dos bolas unidas por una cadena que se usaban para dañar los mástiles y aparejos de los barcos enemigos.

El almacén de pólvora del barco solía recibir el nombre de “Santa Bárbara”, no por casualidad, pues este era el nombre de la santa mártir que conjuraba el peligro del rayo, es decir que un rayo cayera sobre el polvorín e hiciera volar la nave en mil pedazos.

Las batallas, cuyo resultado dependía de muchas variables, eran inciertas y terriblemente sanguinarias hasta el punto que el contendiente victorioso solía quedar en un estado casi tan lastimoso como el derrotado.

El trabajo del artillero que hacía funcionar los cañones era sumamente peligroso, y no solo porque ellos junto con su cañones eran el principal objetivo a destruir por su enemigo, sino por que cuando los cañones no estaban bien fundidos, podían explotar violentamente causando una carnicería; no era pues, un trabajo muy envidiable, “estar al pie del cañón”, expresión proverbial que nos ha quedado, y que indica el compromiso de alguien con algo y la dificultad que ello conlleva, y es un buen ejemplo de la peligrosidad de este singular oficio.

Contemplar estos imponentes cañones llenos de historia es sin duda uno de esos placeres gratuitos que tenemos en Granada.