Granada y sus Graffitis centenarios

Paseando por la plaza de las Pasiegas nos encontramos con esos misteriosos grafitis de color rojizo que ornan la piedra centenaria de la catedral: son los celebres vítores estudiantiles que adornan las fachadas de viejos edificios en las ciudades españolas con una rancia tradición universitaria.

Los investigadores piensan que el origen de los vítores, que aparecieron en España por primera vez en la bella ciudad de Salamanca, es una recreación de los vítores romanos, que fueron retomados en el renacimiento desde Italia a través del Papa Luna y su influencia en la Universidad de Salamanca.

El origen de los vítores se remonta según la leyenda, a tiempos del emperador Constantino, cuando la noche anterior a la decisiva batalla del Puente Milvio, en la que derrotó a su rival el general Majencio por el control de Roma, se le apareció en sueños la cristiana cruz junto a las palabras de “In hoc signo vinces”, es decir “con este signo vencerás”. Al día siguiente Constantino decidió sustituir el águila imperial por el crismón o labarum, nombre de Cristo en griego, sintetizado en un simple anagrama y ganó la decisiva batalla.

Poco a poco este símbolo fue transformándose en los escudos romanos hasta adoptar otra forma muy diferente. Se había convertido en otro símbolo: el Víctor, Escudo de la Victoria o Victorioso. Este es el que daría lugar mucho tiempo después al célebre vítor de Salamanca.

Lo que contemplamos en la fachada catedralicia son los vítores, símbolos característicos y tradicionales que se encuentran habitualmente en las paredes de los edificios universitarios o eclesiásticos, al estilo de los actuales grafitis que hoy día han invadido completamente nuestras calles.

Un vítor consiste en un anagrama, de color rojo, que combina las letras V, I, C, T, O y R dispuestas a gusto del pintor, en ocasiones muy caprichoso. Existe la creencia de que originalmente las letras eran únicamente V, I, T, O y R; y que con el tiempo se añadiría una figura similar a la C, lo que en heráldica se denomina un creciente, aunque muy estilizado, aludiendo al blasón distintivo del papa Benedicto XIII de Aviñón , el Papa Luna, como agradecimiento por los privilegios concedidos a la Universidad de Salamanca.

De ahí parece provenir la expresión poner sobre los cuernos de la luna, es decir elogiar extremadamente a alguien. La disposición de la media luna en ese anagrama se describe con los cuernos hacia abajo, y en la parte inferior, quedando en la parte de arriba el diseño aún más antiguo de los vítores al sabio, homenaje al doctor o catedrático al que se había dedicado el vítor.

Tradicionalmente se pintaba, con pigmentos animales o vegetales; existen divergencias sobre la composición exacta del pigmento; algunas veces se menciona la sangre de toro, el pimentón, el aceite y el almagre, que es un pigmento rojizo que se haya de forma natural en la tierra y en laderas de algunos montes.

Este elemento constitutivo de los vítores es incluso mencionado en el Quijote, cuando el ingenioso hidalgo le pregunta a Sancho como señalar una jornada y este le responde que la marque como si un vítor fuera, llamándolos rétulos de cátedras:

Mejor será -respondió Sancho- que vuesa merced le señale con almagre, como rétulos de cátedras, porque le echen bien de ver los que le vieren.”

El más curioso componente usado en los vítores era la sangre de toro, que se obtenía de uno de los toros sacrificados en la corrida popular que el licenciado solía financiar para celebrar su éxito académico. A modo de anécdota comentar que éstas solían durar todo el día y había que correr al toro, se le acosaba y se le agarraba por los cuernos para derribarlo, origen del dicho “coger al toro por los cuernos”. A veces estos festejos acababan dramáticamente: Henríquez de Jorquera en sus “Anales de Granada” nos cuenta que en agosto 1609 se celebró una corrida de toros en la plaza Bibrrambla; ese día 20 toros fueron derribados, pero mataron 36 hombres e hicieron a más de 60. El último era tan bravo que fue abatido con un trabuco.

Los vítores antiguos dejaron de realizarse en el siglo XVIII, concretamente en 1857 – ley Moyano- por disposición del gobierno, aunque serían retomados posteriormente en la modernidad sobre todo como celebraciones de doctorados por parte de los estudiantes que conseguían este grado. En tiempos antiguos el vítor celebraba además la obtención de cátedras o de oficios eclesiásticos e incluso eran el testimonio de luchas poder en el entorno universitario, cuando no meramente burlescos, como por ejemplo uno famoso que hay en la fachada de la universidad de Baeza donde se ve a un personaje sentado en un bacín haciendo solemnemente sus necesidades, haciendo un juego de palabras entre baezano y bacín.

Además de Cervantes, Luis de Góngora y Argote también hace referencia a estos vítores, y concretamente a uno realizado en Granada con un motivo más frívolo, el de un vejamen.

En su tercera visita a Granada en el año 1611, Góngora debió estar implicado en la vida universitaria ya que escribió un “vejamen” para un doctorando de la universidad granadina, un poema satírico llamado “Vejamen que se dio en Granada para un sobrino del administrador del Hospital Real de Granada, que es la Casa de los locos”

El vejamen era parte de la ceremonia del doctorado de la universidad en aquella época; formaba parte de una costosa y complicada ceremonia a la hora de imponer la borla de doctor a alguien. Era una ceremonia que solía contar con la presencia de cuantos familiares y amigos tenía el doctorando. La ceremonia solía iniciarse con un paseo triunfal desde la catedral de la ciudad a las escuelas de la universidad, donde había preparado un teatro; allí el rector proponía una cuestión al graduando, que tenía que desarrollar en un tiempo determinado, para después ser replicado por otros doctores. Si todo salía como era de esperar, tenía lugar el vejamen y después la imposición de los atributos correspondientes. El vejamen no solo consistía en la lectura de la composición poética satírica; los doctorados debían salir por las calles aledañas de la ciudad para someterse al vejamen de la población, que les recordaba con improperios, ironías y sarcasmos que lo mucho que sabían o creían saber tenía, en realidad, menos valor que el sentido común que gobernaba la ciudad. Acto seguido el nuevo doctor se sentaba entre sus compañeros, después de haber abrazado al Rector y a otros doctores de la universidad.

Después de pronunciada la oración del vejamen y para contrarrestarla había una alabanza también en verso que solía pronunciar otra persona. Lo que ocurre es que si lo que decía el vejamen se reputaba por exagerado en el mal sentido, también lo que decía aquella alabanza desmesurada era tenido por tal, con lo que el público asistente debía hacer de las dos composiciones una especie de justo medio para quedarse con la verdad.

Indudablemente el vejamen presenta más una caricatura que la realidad, pero también es cierto que su parte de razón llevaría la sátira que se disparaba al nuevo doctor, el cual tenía la obligación de encajar bien lo que se le decía por muy exagerado que fuera.

A veces los vejámenes eran fuentes de conflicto ya que eran usados para provocar a los licenciados y doctores de otros colegios universitarios y con ello a la totalidad del colegio, con las trifulcas consiguientes; eran pues temidos hasta el punto de que algunos se inhibían de ir a la ceremonia. El asunto llego a ser tan grave que incluso en el año 1636 se contempló seriamente la eliminación de este aspecto de la ceremonia de doctorado.

En uno de estos vejámenes Góngora hace mención a los vítores, quien sabe si a uno de los que había en los muros de esta catedral y con el tiempo se desvanecieron o fueron cubiertos por la mugre y la polución. El poema mencionaba como los vítores celebraban al doctorando, fijados para siempre en las paredes y como serían motivo de envidia por aquellos que los vieran:

Víctor os aclamen letras

de escolástico, y redondo.

Tan pegado a las paredes

viváis, que algún envidioso

os rempuje algún suspiro,

cuando no os diga un responso.

Sirva este breve escrito para conectar al lector curioso con este otro placer gratuito: el de los grafitis centenarios que nos vinculan con un pasado de estudiantes a veces solemnes, a veces frívolos y con su elegante manera de expresar sus aventuras y desventuras académicas.