Situándonos frente a la fachada principal de la catedral granadina, en la esquina inferior izquierda, a un nivel ligeramente superior al de nuestras cabezas vemos esculpido en uno de los sillares un recuadro en el que podemos leer “Manzana 599, Calle de los Colegios, Casa II” junto con una granada tallada con gran esmero.
Este es un vestigio de la organización urbanística de siglos atrás, cuando se describía la disposición de los edificios con el nombre de manzana. Una manzana es un conjunto de casas contiguas que forman una unidad a modo de isla con las calles que las rodean. Por eso en latín se le daba el nombre de ínsula (domuum insula), Manzana sería un castellanismo que ha ido reemplazando a ínsula.
¿Pero por qué a una isla de casas se le llama manzana? El nombre español de manzana para un grupo de casas fue muy habitual durante todo el siglo XVIII. Al parecer la cita literaria más antigua de manzana “bloque de casas” es de 1654.
Aunque no hay unanimidad sobre la etimología de esta palabra los más probable es que derive del francés maçon y de ahí la palabra mazonero que significaba “albañil” y que era el perito que trabajaba el yeso y hacía la obra menuda frente al cantero que trabaja la piedra. Otras palabras relacionadas eran además mazonado refiriéndose a un ‘lienzo de muralla almohadillado”, mazonería refiriéndose a “obra de albañilería” e incluso la mucho más difundida mazacote que normalmente usamos coloquialmente para referirnos a una comida seca, pegada o apelmazada y que en realidad era una suerte de hormigón de la época usado por los albañiles.
Lo más probable es que de palabras como mazon y mazoneria derivara finalmente mazana, refiriéndose así a un conjunto de casas adosadas y finalmente la palabra se transformó, por deformación lógica de la pronunciación, en “manzana”, menos extraña y más familiar para el vulgo.
Efectivamente El conjunto catedralicio está constituido por la Catedral de la Encarnación, Iglesia Parroquial del Sagrario, Capilla Real, Lonja, Colegio de San Fernando y viviendas que forma una unidad urbanística, una manzana completa entre las calles Pasaje de Siloé, Cárcel, plazas de las Pasiegas y de Alonso Cano y calle Oficios. Este conjunto constituye la “manzana” número 599 tal y como indica la inscripción.
La única otra inscripción similar a esta en Granada está en la Real Audiencia y Chancillería de Granada, donde también vemos un recuadro esculpido en un sillar de la esquina inferior izquierda de la fachada, que denomina al edificio “Casa I” y “manzana nº 179”. Existen por otra parte numerosas placas de cerámica repartidas por toda la ciudad antigua, especialmente en el Albaicín donde también aparece la palabra “manzana” y su número correspondiente.
En 1796 Francisco Dalmau, catalán afincado en Granada, “Maestro de Matemáticas de la Real Maestranza de Caballería de Granada”, publica un plano topográfico de Granada donde aparecen numeradas todas las manzanas existentes en aquella época. Dalmau fue personaje típico de la Ilustración, un humanista de gran cultura, interesado en la divulgación de las ciencias y en particular las matemáticas, fue además fundador de un periódico de corta existencia llamado El Mensagero Económico, el primero por cierto que tuvo una sección de “Cartas al director”.
La Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona dio a Dalmau el permiso para enseñar y al final obtuvo la cátedra de “Matemáticas de la Real Maestranza de Caballería de Granada” en 1790; aquí se instaló, abrió una Academia de Matemáticas y escribió un par de obras dedicadas a la enseñanza de la juventud. Publicó en 1793 una obra con un doble título: Los defectos que tienen los cursos de Matemáticas y modo de arreglarlos o Sobre la necesidad de escribir y publicar un Tratado de Matemáticas para la enseñanza de la juventud.
El preciso mapa topográfico, de Francisco Dalmau fue un desinteresado servicio a su ciudad, ya que solo cobró 4.000 reales que pidió a cambio de la producción completa –necesitó de la ayuda de otros operarios para realizarlo- para amortizar los altos costos del trabajo de campo y medición y otra cantidad de 6.000 reales para el montaje del original y su conservación en las Casas Consistoriales. Realizado por iniciativa propia, no institucional, fue un precio irrisorio para uno de los más precisos planos de la ciudad de Granada.
En el plano de Dalmau aparecen numeradas todas las manzanas existentes en la ciudad en aquel momento, y descubrimos, por ejemplo, que el Hospital Real sería la manzana nº 1, la Iglesia de San Nicolás la manzana nº 260, o que en el actual Ayuntamiento de Granada, estaba el posteriormente destruido Convento del Carmen, reflejado como manzana nº 473. En total la ciudad de 1796 tenía más de 700 manzanas, siendo la más elevada la manzana nº 705 que ocupaba la Ermita de San Isidro, en aquel entonces en las afueras de la ciudad.
Retomando el tema de la inscripción en el sillar de la catedral, se llama a la calle que hoy día se denomina “Pie de la torre”, como “Calle de los colegios”. Efectivamente en el siglo XVI había una superpoblación de colegios en la zona, desde el aún existente “Colegio de Niñas Nobles”, a los ya desaparecidos de “Colegio de San Miguel” y “Colegio de Santa Catalina” que estuvieron en lo que hoy día es la Plaza de las Pasiegas. El “Colegio de San Miguel” era el lugar de adoctrinamiento y vivienda de cien hijos de moriscos que se educarían en la Fe cristiana para después propagarla entre el resto de la población; cuando eran mancebos pasaban al “Colegio de Santa Catalina” -fundado por el arzobispo de la ciudad Gaspar de Avalos- que les prepararía con el necesario aprendizaje del latín para obtener así el grado de bachilleres y a su vez para el ingreso en la Universidad Carolina donde había otro colegio mas, el “Colegio de la Santa Cruz de la Fe”, en el que podrían alcanzar la licenciatura y el doctorado.
El recuadro que contemplamos nos permite observar algunas otras curiosidades que tienen que ver con la ortografía de la época, vemos por ejemplo como la letra “s” de “casas” parece ser más bien una “f,” y es que la ortografía de la época era aun bastante liberal, no había sido aun concretada.
La actual ortografía española empieza a codificarse desde el siglo XVIII, con el establecimiento en 1727 de las primeras normas ortográficas por parte de la “Real Academia Española al poco tiempo de su fundación. Hasta ese momento las vacilaciones y variantes en las grafías eran constantes.
El número “599” que aparece ofrece también algunas curiosidades; hay algo de extraño en la manera de diseñar las cifras. El número “5” resulta caprichoso en su trazo, y los dos “9” tienen una acentuada curvatura que hoy día se nos hace algo extraña.
Quizás encontremos la explicación si los invertimos: en ese caso el “5” nos recuerda una “S” y los dos “9” se convierten en dos diafanos“6”. Este tipo de ambivalencia de las cifras numéricas, e incluso de las letras, tiene su explicación en la labor de los gremios de herreros del pasado que debían producir en hierro u otros metales cifras y letras para ser vendidas individualmente.
Probablemente unas cifras numéricas eran más requeridas que otras ¿Cómo evitar los antieconómicos excedentes en la producción de letras que se utilizaban menos que otras? Diseñando cifras que invirtiéndolas pudieran ser usadas también. El caso más obvio es el del “6” y el “9”. Pero también se podía seguir la misma estratagema con letras y números; la grafía “I” podía ser usada como letra i mayúscula, como el número latino 1 e incluso como letra l. De hecho cuando tecleamos hoy día en nuestros ordenadores, usamos la misma grafía para el numero “1” y para la letra “l”. La economía siempre ha sido lo primero. Todo está inventado.
Siguiendo con el tema, inevitablemente unas letras eran más requeridas que otras; había una mayor demanda de “U” que de “V” por ejemplo. ¿Cuál era la solución? Hacer un signo que fuera igualmente válido para la “U” y la “V”, por eso es tan fácil ver la grafía “V” usada como “U” en inscripciones lapidarias de la época, o incluso como el numero latino “V” equivalente a la numero “5”. Por poner un ejemplo más lo mismo ocurría con la grafía “Z” que podía servir para la letra “Z” y para el número “2”.
Los escultores que grabaron estas inscripciones en los sillares asimilaron las grafías que habían sido creadas por razones prácticas por los herreros y la usaron en su trabajo. Lo más curioso es que este mimetismo pasó también a los calígrafos o escribanos del siglo XVI y XVII, y aun cuando para ellos era totalmente innecesario hacerlo, imitaron estas grafías de valor ambivalente.
Echar una ojeada esta antigua cartela pétrea es un modo de sumergirse no ya en la historia del urbanismo granadino, sino en el de la evolución del diseño las distintas letras según las necesidades prácticas de la época.