Palacio de Cuzco

EL PALACIO DE CUZCO

Se podría pensar que un Palacio con tal nombre se encuentra en Perú.

Nada más lejos de la realidad pues se haya a 6 kilómetros de Granada, en el pequeño pueblo de Víznar.

Fue mandado construir por el Arzobispo Manuel Moscoso y Peralta, que aunque nacido en Perú, se convirtió en Arzobispo de Granada.

Fue un hombre rico, de alta posición social, que, sufrió una grave depresión en su vida, al morir su esposa y un poco más tarde su hijo. Por avatares del destino llegó al mundo eclesiástico, y se convirtió en Arzobispo de la ciudad de Granada.

El Palacio de Viznar empezó su construcción en el año 1795, aunque no muchos años más tarde, va a morir su patrocinador, D. Manuel Moscoso en el año 1811.

El Palacio de Víznar o más conocido como, Palacio de Cuzco es una construcción aneja a la Iglesia Parroquial de Víznar.

Se ha conocido tradicionalmente como el lugar de veraneo de muchos de los Arzobispos de Granada.

Comenzó siendo una modesta casa, hasta que el Arzobispo Moscoso la transformó en un rico palacio, dotado con pozo y huertas.

El edificio se alza, grande, imponente, abandonado. Cubierto por las hojas del otoño, rotos sus postigos de madera, perdidas muchas de las pinturas murales de sus muros. En algunas de ellas se dejan entrever escenas mitológicas o paisajes costumbristas. Lo más curioso, algunos de ellos nos muestran escenas del Quijote.

El jardín enorme, muestra aún en su estado de dejadez, su gran influencia italiana. Tras el jardín, los 2.500 metros de palacio, con sus tres plantas, conserva a duras penas, algunos de sus elementos decorativos primitivos.

Entre magnolios, cipreses y plátanos de sombra, se asoman unas fuentes, ya muy tímidas, de las que sólo podemos imaginar el apacible sonido del agua, pues se encuentran en total estado de abandono. Un jardín que en sus tiempos de esplendor albergaba una colección de más de 20 esculturas diseminadas entre todos los rosales y arboleda.

Con los avatares del tiempo llegará la desamortización de Mendizabal y a partir de 1835 la propiedad pasará a manos privadas.

Hoy día aún hoy continúa en manos privadas, y se ha ofertado para la construcción de un hotel de lujo. Si llegara a realizarse la venta para esta finalidad, recuperaría parte del esplendor perdido. Aunque tal vez debiera de ser adquirido por el Estado y recuperar el brillo de antaño, y ser lo que fue, un Palacio digno de Arzobispos.

Las Joyas de la Reina Isabel

LAS JOYAS DE LA REINA ISABEL Y SU LEYENDA

 

¿Qué pasó con las joyas de la Reina Isabel?

¿De verdad las tuvo que vender para sufragar los gastos del viaje de Cristóbal Colón a través del mar?

Las maravillosas joyas de los reyes eran utilizadas en época de escasez, así oro, plata, joyas y piedras preciosas se pesaban para conocer su valor, y eran empeñadas en caso de apuro dejado como garantía de préstamos. Luego en época de bonanza eran rescatados, y esto fue precisamente, lo que ocurrió con las joyas de la Reina Isabel, que estaban ya pignoradas.

Cuando Colón presentó su proyecto ambicioso a la Reina Isabel, ella se sintió muy atraída por la idea de esta posible financiación, aunque la Guerra de Granada había dejado mermados todos los recursos de Castilla, y ciertamente ella, no tenía como financiarlo. El hijo de Cristóbal Colón, Hernando, contó que tal fue el interés despertado por la Reina, que hasta estaba dispuesta a empeñar sus propias joyas para sufragar los gastos del viaje, pero claro, esta idea derivó en pensar que había vendido sus joyas para ello. No era descabellado pensarlo, porque era práctica habitual entre reyes empeñar joyas en épocas de carestía.

Lamentablemente, la costosa Guerra de Granada había llevado a la Reina mucho antes, a tenerlas que dejar en depósito para poder precisamente sufragar ésta, la Guerra de Granada, última gran cruzada contra el Islam, que terminará con la Rendición de Granada, tras mermar la caja de caudales real.

Se sabe con certeza que el judío Luis de Santángel aportó una suma considerable al proyecto de Cristóbal Colón, de forma que, se hizo este préstamo sin tener necesidad de contar con el aval de las Joyas de la Reina Isabel.

En esta época nunca se consideró una joya como algo propio, pues podían ser dadas como regalos o también podían ser dejadas en prendas en época de escasez. Al igual que muchas de ellas eran modificadas, y en buenas épocas añadían más piedras preciosas o metales más nobles. Las alhajas eran tomadas en cuenta por su alto valor económico y no se atendían a sus características estéticas.

Se cuenta que, el famoso collar de Balajes o rubíes morados perteneció a la madre de Fernando el Católico, Juana Enríquez. Lo dará Fernando como regalo a su esposa Isabel, que tuvo que pignorarlo para pagar a unos soldados que la protegían en Ávila, y pasó mucho más tiempo en manos de los prestamistas que en manos de sus legítimos dueños. Tras la muerte de Isabel fue recuperado pero Fernando no tardó en volverlo a empeñar para poder costear la cuantiosa dote de su hija Catalina con Enrique VIII. Este famoso collar sufrió alguna modificación pues la Reina Isabel encargó al platero Jaume Aymerich añadir 16 flechas, pasándose a llamar el collar de las Flechas.